El pelícano y la leona (o La mirada apreciativa y la Brújula de Jack Sparrow-2.0)

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Perdida “Dentro del Laberinto”, Sarah se arrepiente de haber deseado que el Rey de los Goblins raptase a su hermano pequeño. Solo enfrentando sus propios miedos, poniendo a prueba sus capacidades y cuestionando su visión de ella misma podría deshacer el entuerto.

Imagen: «Dentro del Laberinto» de Jim Henson

De niño me fascinaba aquella escena de la peli en la que Sarah se encuentra ante el famoso enigma de las dos puertas. Recordad, solo una de ellas conducía directamente al castillo en medio del laberinto y la otra a “una muerte segura”. Cincuenta por ciento de posibilidades de acertar o de fracasar, depende de cómo se mire. (Ya sabes, aquello de “los tres tristes tigres” o lo de “uno de cada tres tigres no está tan triste”). Las reglas eran sencillas; solo podías hacer una pregunta sabiendo que uno de los guardianes siempre decía la verdad y el otro siempre decía la mentira. Saber cuál era cuál era parte del enigma.

Resulta que la única solución posible para encontrar la salida era hacer una pregunta circular que involucrase en la respuesta a ambos guardianes y a ambas puertas al mismo tiempo. La clave era conseguir que uno de los guardias respondiese por el otro; (¡Atención Spoiler!): “¿Qué me diría el otro si le preguntase cuál es la puerta correcta?” era la única solución al acertijo.

El pasado fin de semana, Laura y Elena, Fariña y Borrajo respectivamente, estuvieron estrujando nuestras neuronas jugando, de la forma más seria y profunda que nunca había jugado, con figuritas de animales de plástico.

La propuesta era proyectar nuestra interpretación simbólica de una persona con la que trabajásemos eligiendo una figurita de un animal que la representase y siguiendo nuestro primer impulso, sin pensar demasiado, para entrar en el mundo simbólico y conectar con nuestra parte menos consciente.

Al visualizar a la persona a la que acompaño, sentí como si, entre todos esos animalitos desparramados por la alfombra, la figurita del pelícano me guiñase un ojo desde el otro lado de la sala, así que le hice caso y sin saber muy bien por qué puse al pájaro ante mí.
Mi imagen prefrontal de un pelícano era la de un animal tan singular como torpe y poco eficaz, caracterizado por esa bolsa gigante de pellejo dado de sí y tremendamente frágil, que tiene que inundarse de agua para conseguir capturar un minúsculo pez. Y, por si fuera poco, con esas patas gigantes de pato, que se empeñan en pisarse la una a la otra a cada paso.

Imagen: freepik.es

Pero los fuegos artificiales, el “crack neuronal”, el “momento eureka”, vino cuando a Elena se le ocurrió (que seguro que se le ocurre en cada formación) preguntar: “¿Qué pensaría esa persona si supiese que la ves como un pelícano?”. Creo que en ese momento toda la sala pudo escuchar el sonido de platos rotos en mi cerebro.

Hace un tiempo escribí un texto para el blog de Meniños titulado “La mirada apreciativa y la brújula del Capitán Sparrow” en el que reflexionaba sobre el poder de la mirada del otro en la forma en que nos vemos a nosotros mismos, y sobre como esa mirada, ese reflejo del espejo, esa percepción del “self” que nos acompaña, ese modelo operativo interno, condiciona tremendamente tanto nuestras expectativas, como la forma en la que nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Hablaba en aquel texto de cómo los profesionales del buen trato debemos ser conscientes de la influencia de nuestra mirada en el trabajo de acompañamiento que realizamos, de la importancia de tener una mirada consciente y entrenada que refleje la mejor versión del otro para ayudarle a imaginar su yo 2.0., más sabio, más fuerte, más integrado y en definitiva más capaz de encontrar su propio cofre del tesoro.

La pregunta de Elena y la imagen del pelícano se me pegaron al cerebro como un chicle al zapato un día de verano y aquella noche vinieron a visitarme en sueños. Vi como esa ave extraña me perseguía incansablemente con cara de cabreo y de forma sorprendentemente ágil para sus enormes patas, interpelándome una y otra vez diciéndome: “¿Pero no era que tú me decías que yo era una leona?”.

Entre leones y pelícanos me tomaba el primer café de la mañana antes de volver al laboratorio “ALÉN”, ansioso por compartir mi sueño zoológico con los compañeros de formación. Así que a la primera oportunidad que me dieron grité (mentalmente) aquello de “I have a dream!”.

Resulta que no puedes proyectar la imagen de una leona si en realidad a tu mente, y sobre todo a tus tripas, viene la imagen de un pelícano. Es imposible encontrar la puerta correcta, jamás encontrarás el tesoro porque tu brújula de Jack Sparrow es más lista que tú mismo y sabe con claridad cuál es tu visión profunda de la otra persona. La brújula mágica no te mostrará el camino correcto porque sabe que mientes, y de alguna forma, creo que mi pelícano onírico también intuye que miento, pese a que le jure y perjure que la veo con una leona.

A lo mejor resulta que tratar de despertar a la leona con mi súper mirada apreciativa termina por asustar aún más al pelícano. Al fin y al cabo, la leona no deja de ser un potente depredador y el pelícano tan solo una presa potencial para un león.

Volví a casa conduciendo solo por la autopista, escuchando el primer podcast que encontré sobre la vida y obra de los pelícanos, y por si, como yo, no lo sabías, te contaré que existen ocho especies distintas que habitan todos los continentes del globo a excepción de la Antártida. Estos bichos se reproducen en colonias, cazan en grupo y trabajan de forma cooperativa para sacar adelante a sus crías. Y pese a que son una de las aves voladoras más pesadas que existen, cuentan con bolsas de aire dentro de sus estructuras óseas y debajo de la piel que compensan su gran peso, haciendo que les resulte tremendamente fácil mantenerse a flote en el agua. Toda una metáfora que encaja muy bien con la realidad social de las personas a las que acompañamos.

Llegué a casa con una imagen bien distinta de lo que es realmente un pelícano, una visión más profunda y comprensiva, más real. Y también con el firme propósito de enterrar definitivamente esa imagen proyectada de león y aprender, aceptar, mimar y querer más al pelícano tal y como es (en su versión 2.0), sin tratar de disfrazarlo poniéndole una melena cutre de atrezo.

Resulta que la respuesta al acertijo de las dos puertas del “laberinto” consistía tan solo en saber hacer la pregunta correcta; “¿Qué animal crees que elegiría yo si me pidiesen que te representase con una figurita de PVC?”.

Después de dos años acompañando a ese humano-pelícano creo que ambos estamos en el punto de poder mirarnos directamente a los ojos, sincerarnos, y enterrar definitivamente la imagen desajustada del león, reconociendo y valorando al pelícano tal y como es, pero cambiando esa mirada de torpeza y falta de capacidad por otra centrada en lo singular de ese animal, su funcionalidad, pese a lo poco estético de su bolsa del cuello, y la eficacia de sus estrategias de supervivencia, fruto de un proceso evolutivo transgeneracional.

Moraleja: La puerta correcta, la respuesta para potenciar el cambio, la flecha de la brújula mágica, solo puede encontrarse desde las tripas y desde una pregunta circular que involucre siempre a los dos actores del proceso.

Vuelvo a re-ajustar mis gafas.

Gracias Elena, gracias Laura, y sobre todo gracias pelícano de PVC.

Juan A. Lechón
Coordinador del Equipo de Integración Familiar
Fundación Meniños – Vigo

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