Miénteme, Pinocho

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imagen: película «Pinocchio» de Robert Zemeckis (2022)

¡Mi hijo me miente, y casi lloro de la ilusión!

Recibir su primera mentira fue tan mágico como escuchar sus primeras palabras, verle dar sus primeros pasos o compartir con él esos instantes inolvidables de las primeras pedaladas en bicicleta.

Siempre le digo que lo que aprenda es suyo para siempre, que le acompaña allá a donde vaya y que nadie se lo podrá robar nunca; también la habilidad de mentir.

Resulta que el otro día pasamos la tarde de lluvia haciendo monstruos de arcilla y metiéndolos en el horno para secarlos y pintarlos luego. Intensivo de manualidades. Si has ido a la playa en verano, habrás visto sin duda, a algún padre hipnotizado cavando un hoyo en soledad y a pleno sol, o haciendo un castillo gigante de arena sin niño al lado…es lo que yo llamo “proyecto padre”, un niño interior que se ha olvidado de que es padre y que excava emocionado con la pericia de un adulto creando construcciones imposibles para un niño, tan concentrado en la tarea y en su propio disfrute que casi olvida que el objetivo era jugar CON su hijo.

El caso es que tengo que reconocer que quizá se me fue un poco la olla con las manualidades, y mi hijo me vio medio flipado con los monstruitos de barro, poseído por el espíritu del “proyecto padre”.

A este respecto, María Vergara me explicaría que los cerebros de los cachorros mamíferos se inundan de “química del placer” cuando ven disfrutar y hacen disfrutar a sus cuidadores principales. Quizá por eso me siguió el rollo con las manualidades. De alguna manera buscan agradarnos, nos traen dibujitos, flores, nos hacen la pelota, se muestran complacientes. Es la química de la evolución. Simplemente tener un cuidador “de buen rollo” favorece que te cuiden bien y sobrevivas para convertirte en adulto y escuchar por primera vez cómo te mienten tus hijos.

El caso es que cuando terminamos la tarea, le informé mirándole fijamente a los ojos, de que si no tenía mucho cuidadito con ellos se podían romper porque las figuritas de barro son muy frágiles. Lo entendió sin problema, pero misteriosamente, al poco tiempo, el monstruito había desaparecido como por arte de magia.

Qué sospechoso, pensé yo.

Horas más tarde, con el cachorro ya dormido, mi pareja me dice: – “¿Viste que se rompió el monstruito que hiciste?” – eligiendo bien cada palabra de esa frase – “Tu hijo me dijo que se le había roto, pero que no te lo dijese porque ibas a querer hacer otro, y a él no le apetecía mucho”. ¡Brutal!

¡Qué hijo de su padre! Pensé yo mientras nos tronchábamos en pareja.

¡Que apasionante salto evolutivo! Su cerebro de hace unos meses no tenía ni idea de hacer estas cosas tan difíciles.

Uno de los experimentos más conocidos para valorar el estadio evolutivo del cerebro de un niño, es el famoso “Test de Sally y Anne”. En él, el niño evaluado observa una secuencia de hechos para responder finamente a una pregunta. La escena es la siguiente: Sally entra en una habitación e introduce un objeto en una cesta de mimbre y se marcha. Entra una segunda niña (Anne) y sin ser vista por Sally, cambia el objeto de sitio, lo introduce en una caja de cartón y abandona la sala. Finalmente vuelve a aparecer en escena la primera niña (Sally) y se pregunta al niño que está siendo evaluado y ha estado observando toda la secuencia: – “¿Dónde crees que buscará el objeto Sally?”

Hasta un determinado punto del desarrollo del cerebro de un niño este responderá que Sally buscara el objeto en el segundo cajón, es decir en el lugar correcto, porque cree que Sally tiene la misma información que él, le cuesta entender que la mente de la niña y la suya propia tienen información diferente, que tiene intenciones, deseos y creencias distintas a las suyas, que en definitiva son mentes diferentes. Para acertar con la respuesta correcta un cerebro más evolucionado tiene que poder entender bien esa diferencia fundamental y predecir una posible respuesta construyendo una interpretación, una teoría sobre lo que hay en la mente del otro de forma diferenciada. Toda una proeza evolutiva que ha permitido la existencia de la tribu humana, la vida en comunidad.Para alcanzar la compleja habilidad de mentir es imprescindible también un desarrollo cerebral suficiente de funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la capacidad de autocontrol e inhibición de la propia conducta, la capacidad de imaginar, de actuar en modo simulado, de interpretar las emociones que subyacen a los comportamientos de los otros, de comprender y predecir el comportamiento del que tenemos en frente en términos de “estados mentales”, o lo que resumía Jeremy Holmes al definir la mentalización como “la capacidad de ver a los otros desde dentro y de vernos a nosotros mismos desde afuera”.

Mentir implica también ser consciente de la propia capacidad de conducir al otro a creer/pensar de una manera determinada a través del propio comportamiento para obtener un beneficio o evitar una consecuencia. Por no hablar también del desarrollo moral y del conocimiento suficiente de las normas sociales tales como “la mentira está mal vista” pero “las mentirijillas piadosas”, para evitar dañar al otro, “sí que valen”. ¡Casi nada!

Por eso cuando escucho su primera mentira elaborada me doy cuenta de que ya es capaz de diferenciar suficientemente su mente de la mía, de interpretar mi pensamiento, de hacer una predicción de futuro sobre cuál podría ser mi respuesta más probable, cotejarla con lo que hay en su propia cabeza y con sus “no-ganas” de ver a Papá flipándoselo de nuevo con las manualidades. Asombroso y desternillante al mismo tiempo.

Ahora Papá está con la mosca detrás de la oreja todo el rato, ¿querrá realmente salir a andar en bicicleta?, ¿o será que como ha aprendido hace unos días y ve que a mí se me cae la baba mientras pierdo el aliento detrás de él, es ese “babeo de padre” lo que realmente necesita?, ¿esa conexión con uno de sus cuidadores principales para la que está y estamos pre-programados evolutivamente? En general las personas, y especialmente los niños, “necesitamos conexiones más que soluciones”.

Y así podría contaros que, a los pocos días, otra de tantas tardes gallegas de “monotonía de lluvia tras los cristales” estábamos enredando por casa y, por algún motivo, empecé a hablarle de mi abuelo y de su tradicional arroz con leche navideño en tamaño olla para cincuenta.

Otra vez estaba transmitiéndole las vivencias, los recuerdos con los que me conecta ese postre, pero sobre todo emitiendo por onda corta un lenguaje emocional que se irradia por los poros y que es lo que primero captan los radares infantiles. Total, que hicimos el arroz juntos y removimos y removimos la olla cada cinco minutos durante una hora y pico. Cuando el arroz estuvo listo saqué una cucharadita de la olla y la soplé con todo mi mimo para ofrecerle esa primerísima prueba de arroz con leche a mi cachorro.

– ¿Te gusta, Cachito?
– ¡No me gusta ME EN-CAN-TA, ¡es el mejor arroz que he probado en mi vida! El mejor y el primero pensé yo. Otra vez que casi lloro de la ilusión.
– ¿Te pongo un poquito en una taza? Pausa dramática y engranajes girando detrás de sus ojos.
– Gracias Papá, pero no quiero más, es que tengo la tripita llena. 

Ese, ese niño es el mismo niño que he visto meter la cabeza en una olla para rebañar los restos de chocolate cuando hacemos brownie.

Qué sospechoso, pensé yo, a este paso terminaremos juntos peinando nuestras orejas de burro en el vientre de una ballena.

P.D.1: Menos mal que de momento sigo siendo más listo que él.
P.D.2: Más arroz con leche para mí.
P.D.3: En cuanto se acueste me pongo como un enajenado con las manualidades (y sin interrupciones). 
P.D.4: El mentalizador que mentaliza un buen mentalizador será.

Juan A. Lechón
Coordinador del Equipo de Integración Familiar de Meniños en Pontevedra

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