Las pilas emocionales y los círculos de seguridad *

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Si eres un friki del “Buentrato”, sabrás sin duda, que las últimas investigaciones en el campo de la neurociencia han descubierto que todos los humanos compartimos la existencia de un órgano poco conocido, en forma de pila emocional interna.

Si bien existe divergencia respecto a su tamaño exacto y los mecanismos externos e internos que la cargan y descargan, en lo que si hay coincidencia es en el hecho de que el tamaño de esta pila varía de individuo a individua, apreciándose una correlación directa entre la edad/madurez, y el tamaño de esta. Como ejemplo citan las pilas emocionales de los bebés, que tienden a ser de pequeño tamaño y precisar de recargas más constantes que las de la población adulta media.

El día a día y las diferentes situaciones que vamos encontrando cargan y descargan nuestra pila emocional. Cuando viajamos en bus y se sube una sonrisa con cara, de esas que emanan buen rollo contagioso, no podemos evitar que nuestras neuronas espejo también se sonrían. Cuando un camarero agotado te tira el café encima de la barra, y ni te mira a los ojos, también pone en guardia a estas mismas neuronas, que odian las malas caras igual que aman las sonrisas. La forma en la que respondemos a los desafíos que nos plantea la vida está directamente relacionada con el nivel de carga (positiva o negativa) de nuestra pila emocional, pero también con la carga de la pila del que tenemos en frente. Resulta que al igual que ocurre con los fluidos en el principio hidrostático del sifón, la energía tiende al equilibrio cuando dos recipientes humanos están en contacto.

Nadie es inmune a este principio de transferencia y contratransferencia, ni a la recarga de baterías que suponen las experiencias positivas de buen trato. Cuando somos bientratados sentimos la necesidad de bientratar al otro. Cuando sentimos que el otro nos bienmira nos sentimos empujados a bienmirarlo. Cuando sentimos que la motivación del otro es la colaboración nos sentimos empujados a colaborar.

Como padres, amigos, hermanos, hijos, parejas y especialmente como profesionales del buen trato, es imprescindible tener siempre a mano un voltímetro emocional que nos ayude a testar el nivel de carga de la batería del homínido que tenemos en frente. Este mismo voltímetro puede usarse para medir la carga de nuestra propia batería. Contar con un nivel de carga positiva suficiente es imprescindible para iniciar cualquier trabajo orientado a la reflexión y a la exploración de nuevos paisajes y escenarios futuros desde un enfoque positivo, optimista y realista.

Pero ocurre que trabajar con personas que sufren actuando como esponjas de ese sufrimiento, ayudar a mirar y sanar las heridas, enseñar a besar las cicatrices, solo es posible si alguien nos sostiene a nosotros. Al igual que el éxito solo es éxito si se comparte, el peso es menos peso si se redistribuye.

Por eso, cuando mi voltímetro percibe el agotamiento o el bloqueo de mis compañeros ante situaciones complejas me gusta cantarles un “Everithing is gona be allright” al más puro estilo “Marleiriano”, porque la risa, la sonrisa, el absurdo, son a las pilas emocionales sobrecargadas, lo que el pitorrito es a una olla exprés.

Ayudan a liberar tensión. Tras la descarga suelo terminar con un “en serio, todo va a salir bien”, con tono grave y serio, que incluye el mensaje implícito de “¿hacemos una pizza?”, que no es más que otra forma de decir “estoy contigo, caminamos de la mano” y si hace falta también, la tranquilidad y seguridad que transmite un “yo me hago cargo”, “yo te sostengo”, “si me necesitas sílbame”, “hago chas y aparezco a tu lado”.

Sin estos círculos concéntricos de seguridad y cuidado nuestro trabajo no es posible. Todo buen profesional sabe que necesita alguien que le sostenga para ser capaz de sostener al otro.

Dicen que “no es la flecha la que caza sino el indio” y que no es la brújula la que encuentra el tesoro sino el pirata que la sostiene.

Como demuestran todos los estudios sobre factores comunes en psicoterapia, resulta que no es el modelo, la técnica o incluso la experiencia del profesional lo que marca la diferencia en el éxito de la intervención, sino las relaciones sinceras que construimos con la gente con la que trabajamos (llámalo Alianza Terapéutica si te da menos miedo). “Si me necesitas búscame y me encontrarás”.

La simple idea de tener la certeza de contar con alguien en quien confías al que puedes recurrir si es preciso, genera también un efecto de seguridad en uno mismo al incluir un elemento positivo en el contenido de tu propia pila emocional, que contribuye en parte a equilibrar el nivel de carga. “MEREZCO SER BIENTRATADO”. Saberte merecedor de esa incondicionalidad tiene el potencial de transformar esa dinamo externa en una dinamo interna a través del reflejo que te devuelve el espejo. (¡casi nada con el poder de la mirada del otro!)
Me lo merezco, “porque tú lo vales”, es el mensaje central de nuestro trabajo, así no te quede un pelo en la cabeza o tengas una melena “Pantene”.

Hace ya doce años que salí de casa de mis padres para volver solo “de visita”. Hace ya doce años que soy un gallego en Madrid y un madrileño en Galicia. Que vuelvo a la que fue “mi” ciudad como un turista, que leo la luz de mi barrio madrileño como recordando con la mirada. Hace ya doce años que veo a los que considero “mis Amigos” con “A” mayúscula, “al núcleo duro” solo una o dos veces al año. Hace ya cuatro años que falleció una de mis personas favoritas del planeta y sigo aquí. Ni los kilómetros, ni el tiempo, ni siquiera la falta de tiempo han alterado la seguridad en mí mismo que se afianza sobre estos vínculos, sobre esos círculos de seguridad, sobre esos hilos invisibles que nos unen a las personas que queremos o quisimos. Me veo como los demás me han visto y me ven. Me quiero porque todos esos lugares seguros en forma de persona, me han hecho sentir que los merezco, que soy digno de ellos. Y es esa certeza nuclear la que nos ayuda a mantenernos a flote cuando la tormenta sacude nuestra pila emocional.

Muchas veces encontramos en nuestro trabajo personas que no han tenido la suerte de crear y mantener esos vínculos, esos lugares seguros, o que bien no son suficientemente conscientes de la importancia de los mismos y no los usan en su ayuda. Nosotros y nuestra capacidad como profesionales para construir y restaurar esos vínculos son otra de nuestras principales herramientas de trabajo (a parte de la mirada y la brújula de Jack). El objetivo de fortalecer este tapiz es ayudar a construir un puente hacia el futuro asentado sobre la seguridad de sentirse merecedor de ser bien tratado. Experimentar en primera persona el buen trato es la base sobre la que se asienta la capacidad de bientratarnos a nosotros mismos y bientratar a los otros, (llámalo “modelo operativo interno” si te hace sentir más seguro).

Tejer y fortalecer esos círculos concéntricos de seguridad es la base de nuestro oficio de artesanos. Y esta, amiguito mío, es la única receta mágica que existe para transformar el futuro, para dejar huella, para sembrar para el mañana con la confianza ciega en que este es el mejor legado que podemos dejar a los humanos del futuro.

Hace poco leía un estudio sobre la trasmisión intergeneracional de la pobreza y como muchos de los problemas de las familias quedan fijados de generación en generación como una herencia maldita. Tristemente la experiencia me demuestra que hay mucho de cierto en esas afirmaciones. Por eso, nuestra meta última ha de ser siempre “morir de éxito”, romper esa cadena de transmisión, trabajar incansablemente hasta no ser necesarios.

Pero no te marches todavía que queda lo mejor…tengo una sorpresita reservada para el final… ¿sabes qué? Que los buenos tratos también se heredan, también se deja en testamento a las generaciones futuras. Un niño bientratado tiene muchas posibilidades de convertirse en un padre bientratante (y si no tuviste esa suerte no todo está perdido, existe la resiliencia secundaria). Y lo mejor de todo, los buenos tratos son GRATIS, contagiosos y tienden a extenderse como una mancha de aceite que lo deja todo bien pegajoso y pringadito.

Por eso veo en mi trabajo el valor de construir relaciones reparadoras, el valor de esas “pequeñas nadas”, de las miradas de complicidad, de las sonrisas espontaneas, de los piropos estratégicos “de gratis”, de los abrazos ilegales con mascarilla, de las gafas de bienmirar, de las ideas, las personas y los valores que me acompañan, como una forma de activismo social.

¿Y tú que haces para cambiar el mundo?, ¿yo?, tengo siempre a mano un voltímetro emocional, soy parte de estos círculos concéntricos de seguridad, trato bien a los que me rodean, cuido la carga de mi pila emocional, me dejo cuidar y sobre todo milito ciegamente en “la tribu de los hombres buenos”, creyentes en la capacidad de cambio.

Salud, (afectos) y buenos alimentos.

Juan A. Lechón

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